lunes, 7 de marzo de 2011

Pont des Arts

Una delicada escala de grises dibujan ancestrales figuras en el cielo, musas de pintores y artistas que han dejado huella imborrable en la historia de esta ciudad. El frío de su acero azul, refuerza la expresión del caudal que abastece sus pilares, rememorando antiguas glorias pasadas, paso de mercaderes y de fieles provenientes de lugares recónditos, camino de la Isla de la Ciudad, llamados por el constante repicar de Emmanuel quien, asediado por las Quimeras, es aderezado por la penetrante y grave voz de Françoise. Peregrinos en busca del perdón, caminantes ávidos de inmortalizar a través de sus pupilas cada uno de sus rincones, sus parajes, sus árboles retozando en la suave brisa del Seine. Recordando aquel inolvidable paseo de mi juventud por la puerta de Notre Damme, dejando atrás la Saint Chapelle, aquella pasión que recorrió mis venas consiguiendo que mi alma retomara parte de sí... ahí me encuentro yo, a punto de cruzar el Pont des Arts, dispuesto a reecontrarme con aquella parte que perdí.



 

Pintores, músicos, malabaristas, mimos, funambulistas y demás oficiantes de todas las artes esparcidos estratégicamente por el puente, como si de piezas de ajedrez se trataran, hacen que el continuo caminar por los maderos que sujetan su frío esqueleto, se convierta en el más sutil de los bailes. Ahí estaba ella, junto a aquel saxofón que ahogaba en mis entrañas el sentir de mis latidos, bombeando cada gota de mi sangre como si fuese la última vez que recorriera mis venas. 



perdido en las redes de mis sueños ...


 

La brisa sopla enredando sutilmente sus cabellos de sable; su mirada, perdida en el infinito gris del cielo, inmersa en los tonos que, con tanta pasión, salen de su pecho y dibujan etéreas formas con la luz que desprende allá donde sus ojos reparan.

Acecho por su espalda para percibir sus propios sentidos, me acerco para sentir cómo resuena su aliento en el eterno espacio que nos rodea, convirtiéndonos en únicos en ese efímero instante en que nuestras miradas se cruzan y desean.


Marie, su nombre cae en el pozo de mis deseos mientras mis oídos aún se deleitan con cada una de sus letras. El presente toma conciencia, el continuo disminuyó su marcha, para eternizar ese cálido susurro que arranca de mi piel una tierna sonrisa. Sus pupilas encogen en un instante... observa mis labios. Su sangre acompasa la música que corre por sus venas, acelera su respiración, torna intensa y profunda, dificulta su verbo. Mis ojos, fascinados por la belleza de su alma, recorre cada milímetro de su piel, sin dejar una sólo trazo sin repujar. Mi silencio era lo único cabal que podía ofrendar a aquella dama quien, doncella o no, lo sería para mí, pues nunca antes nuestras miradas se cruzaron, para iluminar nuestra marcha en el camino del deseo.


Sin palabra que rompiera el momento, con un tímido gesto de mi testa, emprendimos la marcha para compartir aquella mañana del segundo sábado de marzo. Con el cielo sobre nuestras cabezas, el firme bajo nuestros pies y acompañados de esa melodía que aún suena en nuestros corazones, nos dirigimos, sin rumbo fijo, dispuestos a conocer todos nuestros secretos, a presentarnos ante la magia que esconden las callejuelas de París, y dejarnos llevar por la inmensa pasión ávida de explotar en nuestro interior.


Nuestras manos se enfrentan en una trágica caricia que silencia por un instante nuestras voces. Una tierna sonrisa se intuye en su rostro al reconocerse en ese inocente movimiento que la abandona al libre albedrío. Con divina ternura conduce el índice a su boca, mientras su mirada se pierde bajo nuestros pies. El taconeo de nuestros zapatos resonaba en el firme del puente, perdidos entre los susurros, murmullos, música, y gritos de los niños que juegan alegres, recorriendo de punta a punta las orillas del río. Decidimos salir del camino trazado, sonrientes como dos colegiales, y pasear por la orilla sur de las aguas que fluyen por el corazón de París.


Cogidos de la mano, sin importar el resto del mundo, llegamos al inicio del puente; bajamos hasta situarnos junto al frágil oleaje que nos regala el paso de las barcazas. La cortante brisa del Seine escaldaba nuestras mejillas, con tanta precisión, que flagelaba el cuero de nuestros rostros con cada bocanada que se aproxima desde oriente. Sentados junto a las plácidas aguas del río, oscurecidas por el reflejo del cielo gris nos cubre, reclinamos tímidamente nuestros cuerpos, con el codo como único centro de equilibro. Agua, tierra. aire, viento, susurros, suspiros, sonrisas, aderezados con el fuego de la pasión que brota de nuestras entrañas, alborotan nuestros cabellos, una imagen inolvidablemente tentadora. Nuestras pupilas, embriagadas de frenesí y misterios, se embarcan en una batalla: barreras, idiomas, pensamientos, espacios, prejuicios, un continuo asedio sin tregua. El pudor de aquel tiempo pasado, que nuestros sentidos al fin han reconocido. Tumbados plácidamente sobre la hierba, disfrutando de las gélidas aguas que bañan nuestros pies, abrigados por los espesos juncos, ajenos a todo lo que pudiera enturbiar ese instante, nuestro momento, los susurros se ahogan en silencios ocupados en el pensamiento de una simple llama que cobija nuestros anhelos.




 

Mi mano irrumpe en la tersa piel de tu mejilla, tus pupilas encogen, tu respiración se acelera, tu pecho engrandece por la repentina explosión de ardor, ahogo de palabras y gestos deseosos de aflorar en la más placentera de mis caricias. Mis labios enrojecen de pasión, se acercan lentamente a esas suaves líneas, perfiladas con tanta gracia bajo tu mirada, para saborear con suma delicadeza los besos que me ofrendas entre los algodones del cielo.


Escucho el gemido de tu pecho que se ofrece a mis cálidos deseos de saborear tus vástagos, que afloran en esta atípica época del año, mordisqueando, fiel sumiso, absorto en tu apetito de ser poseída por este desconocido. Tus manos recobran vida, se sumergen bajo los botones de mi camisa, aprendes y reconoces los rincones que te ofrece mi humilde cuerpo, forjado por el duro trabajo que me acecha el día a día. El calor de mi pecho busca el tuyo, un abrazo, nos fundimos en un único ser, una sola mente, que baila y piensa de forma única, siempre al compás de este bello Tango, con el que deslizamos a lo largo y ancho de nuestra dermis.




Ardo en el deseo de sentir tu piel en mi piel, tu boca en mi boca, y tu cuerpo sobre el mío, con un movimiento acompasado al son de una música, tan solo oída por nosotros, creada para este encuentro.


Le pediré al Sol que me bañe con su calor, y a la Luna que me seque con su frialdad, para poder envolverte de recuerdos en tus días y tus noches. Que tu miembro no descanse, húndelo dentro de mí, … shhhh... permanece quieto, tan sólo un instante, deseo rebosar de ti... poséeme, hazme tuya hasta que no haya un solo resquicio de mi ser que no haya conocido tu hombría. Soy dueña de tu alma, esclava de mi placer. Ardo por ti, muero por ti... mi boca se deshace en nuestro lecho.



Embisto tus caderas al ritmo de esa música, haciéndote gemir en cada movimiento de placer.


Ven, acércate, ofrenda tu cuello a mis labios... permite que recorra las dunas de tus senos, que lama los oscuros vástagos que me esperan a media asta.


Ven, deslízate por mi pecho, acaricia mi alma, mide mi hombría con tus labios, saboréala y extrae de mi ese néctar que tanto anhelas.


Ven, déjame que vea cómo se abren los pétalos de tu flor, que ansiosa aguarda mi espada aún envainada. Mis labios acechan para saborear el dulce licor que con tanta delicadeza has destilado para mi.


Lamo y bebo de tu sexo, absorbo cada gota de ti, estremeciéndote con cada paso de mi lengua. Mi daga, deseosa de poseerte, busca al compás su propio placer... mi boca recuerda el sabroso camino hacia tu cuello,... y te embisto, una y otra vez con firmeza y dulzura... mientras mis ojos se quedan clavados en los tuyos.


Acaríciate, acércate, tócate... acompáñame en este tango que compongo en el pentagrama de tu piel. Encoge tu alma inmersa en este sumo placer, bailemos para alcanzar el tono más alto de esta danza... juntos... a la par,... de la mano,... junto a ti,... dentro de ti,...


Mi ávido cuerpo se estremece en tus etéreas caricias, se sumerge en el pozo de tus deseos. Tu ser disfruta de los eternos orgasmos de placer que, esta sentida mañana, te otorga el ser mía: amante infiel de los votos que una vez firmamos ante el Ara del amor.



...



Mi conciencia tornó a la vigilia. Con un sencillo gesto invitamos al tiempo a acompañarnos en un dulce paseo, en busca de algún lugar donde poder tomar algo caliente en esta fría mañana de Marzo. París, dos extraños desconocidos, una fantasía, una compañía, una pasión incontrolada, y un deseo por cumplir. Sonrisas, miradas furtivas, pequeños y sutiles bocados de los dedos, cabellos que ocultan el sonrojo de nuestras mejillas. Palabras, gestos, voces que acompañan nuestra particular melodía, seguida por las cuerdas de los violines que acosan esta intimidad tan soñada.


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3 comentarios:

  1. Información Bitacoras.com...

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  2. He paseado por tu blog y me ha gustado mucho, mis felicitaciones
    Águeda Iris

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  3. Gracias Águeda, encantado de verte por estos lares. Espero que te quedes una temporada.
    Un saludo.

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